Era jueves cuando mi papá intentaba dejarnos en la escuela a mis hermanos y a mí. Yo estaba en segundo de secundaria en un Colegio que entonces no era lo chafa que se volvió después de que se fue de Pedregal de San Francisco, Coycoacán.
La fila de autos en Cerro del Hombre era larga. No sólo iban los alumnos de mi Colegio, sino que también los del colegio de enfrente, que aún sigue en dicho domicilio. Yo tuve un leve presentimiento. Suelo tenerlos. Pero no le hice caso, como siempre, no les hago caso. Unos días antes estuvimos comentando en casa que si ocurriera un temblor estando en la escuela, no pasaría nada, porque en esa zona hay una gran placa de piedra volcánica que sirve de cimiento y no se vendría abajo nada, además de que las columnas enormes de la construcción de mi colegio, garantizaban seguridad.
Es curioso cómo las cosas a veces se tejen en una coherencia que no podemos ver a simple vista. Nos decimos cosas que aparentan no tener relevancia y luego se vinculan completamente con los sucesos posteriores.
Vivíamos en la colona Narvarte. A esa hora, siete y diez de la manaña, mi padre al fin se podía detener frente al portón del colegio, haciéndonos bajar a toda prisa para que no perdiéramos clase. Como ya era casi la hora de entrada, mi hermana se metió directamente en la sección de la preparatoria, y mi hermanito, en la primaria, frente a una alberca que hoy lamento no haber disfrutado más.
Yo era muy relajienta. Cualquiera que esté en segundo de secundaria lo es, creo. Después de echar desmadre en la calle, me dispuse a entrar a mi salón, para ello tenía que recorrer un pasillo largo, desde el que se podía ver la misma alberca de la que hablé hace rato.

Escrito por fotocronia 
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